El posfascismo, el populismo del siglo XXI. El fin de los derechos humanos.

Por Sergio Montoya

“Los fascistas del futuro, se llamarán a sí mismos antifascistas”

– Winston Churchil

Según varios autores, fue la caída del Estado de Bienestar (2008) lo que provocó desconfianza en los sistemas políticos democráticos. Desconfianza a la economía global. Creció el descontento hacia las élites gobernantes al verles como un grupo que monopolizaba la autoridad, sin transparencia, que excluía a la ciudadanía. Esta crisis fue aprovechada por grupos que, bajo el disfraz de izquierdas socialdemócratas, empezaron a ejercer un populismo de derecha, un nuevo fascismo. El “posfascismo.”

Estos grupos focalizaron, dirigieron este descontento, la furia ciudadana y la manipularon para lograr sus intereses partidistas a través de argumentos que carecen de toda racionalidad de las izquierdas socialdemócratas.

El fascismo, en cualquier diccionario lo encontramos como una filosofía política, un movimiento o régimen que exalta el nacionalismo, a la ideología por encima del individuo, que defiende un gobierno autocrático centralizado, encabezado por un líder dictatorial; una militarización de las actividades del estado; una estricta reglamentación económica y social y la represión de la oposición. Sus líderes se ven a sí mismos como restauradores de grandezas pasadas que dan identidad y unión al pueblo. En estos regímenes fascistas, es importante la desinformación, los “otros datos”, así como la manipulación del sistema educativo para que se “cuadre” a la visión del líder. La autoridad moral es muy importante también, y más, asociarla a la religión dominante, y de ser posible, hacer del líder un nuevo mesías, para que su palabra y obra sean incontrovertibles. Sean dogma, sean infalibles.

Imagen: Revista Santiago

En estos populismos no hay nada de izquierdas, son movimientos que buscan regresar a los viejos nacionalismos autoritarios, centralizados, militarizados, con economías estatizadas y corruptas. Sus líderes tienen personalidades fuertes, carismáticas, autoritarias, personajes que asumen la representación-encarnación del pueblo bueno. Para todo ello, manipulan los conceptos de derechos humanos a sus propios intereses, y cuando no le son afines las luchas ciudadanas por derechos humanos, las tachan de ser manipuladoras de la opinión pública y de responder a intereses de los enemigos del pueblo (quienes sean que entren en la descripción), o bien, cualquiera que no comparte y/o critica la visión del líder y su grupo, es un enemigo de la patria. El fascismo de hoy se presenta y se vende como la nueva izquierda democrática progresista. pero con la capacidad de manipular los derechos humanos a sus propios intereses. Porque cabe recordar que en los regímenes fascistas históricos no existían, como los concebimos hoy, los derechos humanos. El fascismo de hoy tiene esta capacidad de disfrazar su identidad, no solamente al amparo de la izquierda, sino a la maleabilidad del empleo de los derechos humanos. Su dominio en el discurso de izquierda-derechos humanos, es el fuerte de su renovación, aunque en sus prácticas sigan el Manual del Perfecto Fascista. Este es el nuevo fascismo, el posfascismo.

Imagen: Revista Topia

Este posfascismo ha hecho presencia no solamente en Europa, sino en América, y va ganando cada vez más espacios. Países hispanos en este continente tienen presencia en mayor o menor medida de esta avalancha que se expande por el mundo. Y ya que se protege, se disfraza de protector del pueblo y sus derechos humanos, pone en riesgo a los mismos derechos humanos, ya que vende a la ciudadanía esta idea de utilitarismo de los derechos humanos, y con esta idea utilitarista, surgen grupos tratando de apropiarse sobre lo que deben ser y no deben ser los derechos humanos.

el fascismo de hoy se presenta y se vende como la nueva izquierda democrática progresista, pero con la capacidad de manipular los derechos humanos a sus propios intereses. Y este era el riesgo que existe precisamente para las personas y la idea original de los derechos humanos.

Los derechos humanos surgen como oposición, como frente, como freno al poder. Es la ciudadanía quien se protege y obliga al Estado a cumplirlos y protegerlos. No al revés. No es el estado quien debe decidir qué son y qué no son los derechos humanos, y cómo decide proteger, qué sí y que no. A quién sí y a quién no. Sus líderes emplean un pragmatismo ideológico y logran que sus seguidores se adhieran a ellos y no a valores, y estimulan sus fobias sociales que dan legitimidad a sus prácticas fascistas.

El riesgo crece cuando la o el “líder”, como estableció Foucault, logra que sus seguidores le vean como la personificación de un “poder pastoral”. Quien ahora, desde su púlpito se disfraza de protector o protectora de derechos humanos, decide cuando una causa es buena y cuando no, cuando es legítimo proteger un derecho y cuando no, cuando una marcha es voluntaria y cuando es manipulada por sus enemigos, cuando es buena la militarización y cuando no, cuando la corrupción es mala en el enemigo y cuando no se configura entre sus aliados. Condena a sus detractores y activa las antiguas policías políticas del fascismo clásico, convertidas ahora en ciudadanos que movilizan a otros encubiertos en programas sociales; condenando, amenazando y cancelando a los disidentes en redes sociales.

Imagen: Todo por hacer.

Este posfascismo logra que las personas ignoren sus valores y sigan fervientemente a su líder. No les importa ya a sus feligreses si su líder militariza el país, ya no les importa si su líder condena las luchas feministas, ya no les importa si detiene el progreso material del país, ya no les importa si caen los empleos, ya no les importa si crece el número de personas en pobreza, ya no les importa que colapse el sistema de salud, ya no les importa los muertos por falta de medicamentos, ya no les importa la ineptitud en los funcionarios públicos, ya no les importa la creciente inseguridad pública, ya no les importa el número de personas muertas por violencia, ya no les importa ser un narco estado, ya no les importa ahora la corrupción en el primer círculo de su líder, ya no les importa el ataque a las instituciones de contrapeso democráticas. Todo, todo es permitido porque es “la palabra del pastor”. Ya no les importan los derechos humanos como freno y límite al poder. Han dejado que también su pastor decida qué son los derechos humanos, qué y a quiénes deben proteger los derechos humanos, incluso, cómo deben entenderse los derechos humanos de cara al proyecto de nación, y -en un caso extraordinario en mi país-, calificar y condenar como traidores a la patria (y lograr la réplica unánime de sus seguidores), a toda aquella persona que no comulgue con sus ideas y se oponga en vías democráticas a ellas.  

A lo que me refiero al titular este artículo como “el fin de los derechos humanos”, es precisamente abrir el diálogo a este riesgo, no que se extingan los derechos humanos, sino al riesgo de que en momentos y lugares determinados, espacios gobernados por esta corriente política, los derechos humanos sean los que el Estado o líder decida. Se invierta su lógica y una gran parte de su población lo aplauda y respalde.

Por lo pronto, ¿coincide usted amable lector, lectora, sobre el surgimiento de este posfascismo?

Como siempre, la mejor respuesta la tiene usted.

“La dominación es una combinación de aparatos represivos y

una hegemonía cultural que permite a un régimen político

mostrarse legítimo y benéfico, en vez de tiránico y opresivo” – Antonio Gramsci.

sergio.montoya@auladh.com

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