El fin de la armonía.

Por Sergio Montoya

La tolerancia significa enterarse cada cual de que tiene frente a sí a alguien que es un hermano suyo, quien, con el mismo derecho que él, opina lo contrario, concibe de contraria manera la felicidad pública

– Antonio Maura.

La armonía social implica el equilibrio o balance entre las personas y entre las comunidades de seres humanos. Implica reconocer a los otros como condición necesaria de nuestra propia vida como individuos. Debemos estar preparados para llegar a acuerdos, solucionar problemas y avanzar como grupo. La prioridad esencial es lograr una coexistencia pacífica, efectiva y dotada de armonía en la cual garantizar no solo nuestra supervivencia como grupo, sino también nuestro bienestar y capacidad de progresar. La convivencia, la armonía es básicamente saber compartir, ser partícipe de la existencia ajena y lograr, a su vez, que el otro se involucre en la nuestra.

Cada persona, cada comunidad y cada población tienen su pequeña o gran idea acerca de lo que es el Bien para ellos, y es deseable que no intenten imponer su idea –pequeña o grande- del Bien a otra persona, a otra comunidad o a otra población. En esto consiste la tolerancia, el principio moral fundamental del pensamiento liberal. Precisamente, el Mal comienza, como menciona Bernard-Henry Lévy, cuando una Iglesia, un Partido, un Estado o una ideología pretenden imponerle a otra persona, otra comunidad u otra población “su” Bien supuestamente universal. Este mismo autor comenta que las revoluciones, inspiradas en la utopía de una sociedad sin Mal, terminan por convertirse en la manifestación más patente de ese Mal. Porque, en realidad, el Mal que esos revolucionarios quieren suprimir son todas aquellas prácticas y valores que no se ajustan a “su” Bien. Los “revolucionarios” (entre los que incluimos a ideólogos y fanáticos de corrientes divergentes de derechos humanos), por consiguiente, actúan como los sacerdotes católicos frente a los indígenas americanos, condenando sus costumbres como malas e intolerables porque no eran cristianas, porque no respondían a “sus” valores, así como persiguieron también a herejes por transgredir sus creencias.

Imagen: Imago

Creer que se posee la verdad, estar en posesión del Bien universal, y que todas las personas debemos aceptar una sola idea, una sola ideología. Aceptar que existe este Bien y que todos debemos aceptarlo so pena de ser linchados, significa que entonces, como dijo Giorgio Agamben, no tendríamos ninguna esencia, ninguna vocación histórica o espiritual, ningún destino biológico que cada persona debería conquistar o realizar.

No habría sino deberes que cumplir para alcanzar esa meta o esa manera de ser. No puede, no debe existir ningún grupo o ideología que se apropie, que establezca cuál es el Bien universal e imponerla a las demás. Imponer modelos normativos o ideológicos personales. En un mundo en donde cada nación impusiera a las demás, reglas para interactuar que resultaran absurdas, sin sentido, o que solamente arrojaran derechos a la primera y obligaciones a las demás; y que ese mismo sistema nacional se repitiera en cada una de las naciones, resultaría en un nulo convivio internacional, en una armonía destruida y que finalizaría con un enfrentamiento entre estas naciones.

Imagen: Vía País

En la actualidad, los derechos humanos son individualísimos, a grado egoísta, estético y banal; se confieren al particular como si fuese éste una isla solitaria (como menciona José Ramón Narváez Hernández), sin otros y sin estar inserto en una comunidad históricamente viva, como si fuese una nación soberana, independiente y autónoma, en donde cualquier otro es tratado como extranjero que debe de satisfacer cualquier demanda, petición u obligación que imponga esta nación para poder interactuar con ella sin importar lo absurdo, banal o sinrazón de dichas exigencias. Así, de similar forma, esta era de derechos humanos se vuelve riesgosa cuando a cada persona se le dan todos los derechos para imponérselos a todas las demás también. Y este mismo derecho se los dan a todas las demás con las mismas dimensiones, olvidando que con cada derecho monopolizado ponemos en juego valores de fondo y convicciones culturales de la sociedad de la que formamos parte.

Así, la búsqueda de una armonía social, de una convivencia pacífica se ve seriamente comprometida a los intereses individualistas y/o de grupos, quienes buscan imponer su forma de vida, valores y convicciones por sobre los otros grupos. Y esta imposición es, a su vez, la misma acción que buscan los otros grupos. Cada uno convencido de sus propias ideas, pero incapaces todos ellos de ceder para lograr consensos, y menos tienen interés en invertir tiempo en convencer, en educar. Su idea de educar, cuando lo hacen, es una dicotomía similar a la religiosa: o crees o te condenas.

Por lo pronto, ¿coincide usted amable lector, lectora, sobre el riesgo a la armonía social?

Como siempre, la mejor respuesta la tiene usted. sergio.montoya@auladh.com

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