“El adiós a los Principios de París” -Sergio Alfredo Montoya Sierra

Los Principios de París sobre Derechos Humanos y cómo cada país debe protegerlos y mantener instituciones de protección de estos derechos se da por consenso de Naciones Unidas en 1991. En un contexto de fin de la Guerra Fría, del colapso del bloque socialista y en el que parecía que el mundo occidental capitalista imponía su idea de mundo, y con los derechos humanos como un eje transversal. Un mundo unipolar.

Los Principios de París sobre los Derechos Humanos, acordados en 1991 para establecer estándares nacionales e independientes que protejan los derechos humanos, enfrentan un contexto mundial muy distinto en 2025, con un mundo tripolar y tensiones geopolíticas significativas. Este cambio afectará su exigibilidad y aplicación, dado que el consenso global que los sostuvo en la etapa unipolar de pos-Guerra Fría se debilita frente a la competencia entre bloques políticos y económicos, principalmente Rusia-China-India (BRICS) y Estados Unidos con sus aliados tradicionales.

La realidad multipolar provoca que la aplicación uniforme y universal de los Principios sea más compleja, ya que las potencias emergentes y las alianzas regionales presentan diferentes enfoques hacia los derechos humanos, con variabilidad significativa en su respeto y promoción. Además, esta fragmentación está acompañada de un aumento en la tendencia a aplicar estándares dobles o selectivos, donde la protección a los derechos humanos puede subordinase a intereses estratégicos, económicos o políticos de cada bloque.

El Desafío de los Nuevos Nacionalismos y Conservadurismos en Occidente.

Paradójicamente, el cuestionamiento a la agenda progresista de Naciones Unidas y a la aplicación de los Principios de París no proviene únicamente de los bloques emergentes como los BRICS, sino también desde el interior del propio Occidente. El auge de movimientos nacionalistas y conservadores en Europa y Estados Unidos ha generado un creciente escepticismo hacia las instituciones multilaterales y sus agendas en materia de derechos humanos, especialmente cuando estas se perciben como imposiciones supranacionales que erosionan la soberanía nacional.

En Europa, partidos y movimientos de derecha nacionalista han ganado terreno electoral significativo en países como Italia, Hungría, Polonia, Francia, Alemania, España y los Países Bajos. Estos movimientos cuestionan abiertamente lo que denominan “agendas progresistas” de la ONU y la Unión Europea, particularmente en temas relacionados con inmigración, identidad cultural, familia tradicional, y lo que consideran “ideología de género”. Gobiernos como el húngaro de Viktor Orbán o el polaco bajo el anterior gobierno del PiS han desafiado explícitamente directrices europeas sobre derechos humanos, argumentando la defensa de valores nacionales y cristianos frente a lo que perciben como un liberalismo cosmopolita impuesto desde Bruselas o Ginebra.

En Estados Unidos, el regreso de Donald Trump a la presidencia en 2025 marca un renovado cuestionamiento al multilateralismo y a las instituciones internacionales. Durante su administración anterior, Estados Unidos se retiró del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, criticándolo por su sesgo y por incluir países con graves violaciones a derechos humanos. El discurso “America First” prioriza la soberanía nacional sobre compromisos internacionales, y rechaza lo que considera injerencias de organismos supranacionales en asuntos internos. Esta postura ha reforzado narrativas conservadoras que ven con desconfianza las agendas de derechos humanos de la ONU, especialmente en temas de diversidad sexual, derechos reproductivos y migración.

Este fenómeno crea una situación inédita: mientras que en la década de 1990 Occidente lideraba la promoción universal de los Principios de París como parte de su proyecto hegemónico liberal, ahora sectores significativos de sus propias sociedades y gobiernos cuestionan la legitimidad y pertinencia de este marco normativo. El argumento central es que las instituciones internacionales han sido capturadas por agendas progresistas que no reflejan los valores de amplios sectores de la población, y que imponen visiones ideológicas bajo el disfraz de derechos humanos universales.

Convergencia Paradójica: Soberanismo de Izquierda y Derecha.

Curiosamente, existe una convergencia paradójica entre el discurso soberanista de los BRICS y el de los nuevos nacionalismos occidentales, aunque sus motivaciones sean radicalmente distintas. Ambos cuestionan la legitimidad de un sistema internacional de derechos humanos que perciben como instrumento de poder de élites globales desconectadas de las realidades nacionales. Sin embargo, mientras los BRICS critican el marco de derechos humanos como herramienta de neocolonialismo occidental y doble estándar geopolítico, los nacionalismos occidentales lo rechazan por considerarlo excesivamente progresista y contrario a valores tradicionales.

Esta doble impugnación—desde el Sur Global y desde sectores conservadores del Norte Global—debilita significativamente la autoridad moral y política de las instituciones internacionales de derechos humanos. El consenso de 1991 que sostenía los Principios de París se fragmenta no solo geopolíticamente, sino también ideológicamente, con crecientes sectores que rechazan la universalidad de ciertos derechos o su interpretación institucional.

Implicaciones para la Exigibilidad de los Principios de París.

Las instituciones nacionales encargadas de los derechos humanos, pero también las internacionales, podrían ver disminuida su influencia y apoyo. En contextos donde los gobiernos sólidos se identifican con la defensa del orden soberano y la no intromisión externa—ya sea desde perspectivas conservadoras nacionalistas o desde bloques emergentes—, la cooperación multilateral para la defensa y promoción de estos derechos podría debilitarse sustancialmente.

El descontento con las “agendas progresistas” de Naciones Unidas se manifiesta en financiamiento reducido a organismos especializados, retiros o amenazas de retiro de tratados internacionales, y el debilitamiento deliberado de instituciones nacionales de derechos humanos cuando estas son percibidas como aliadas de agendas internacionales rechazadas por gobiernos soberanistas. En algunos casos, se crean instituciones paralelas o se reforman las existentes para alinearlas con visiones nacionalistas o tradicionalistas que priorizan ciertos derechos (seguridad, familia tradicional, identidad cultural) sobre otros (diversidad sexual, derechos reproductivos, migración).

Sin embargo, los Principios de París siguen cruciales para exigir que cada país mantenga organismos autónomos y competentes para la protección de derechos, pero esta exigencia dependerá más de la voluntad política interna que del consenso internacional. La presión externa para su cumplimiento se vuelve menos efectiva cuando proviene de instituciones cuya legitimidad es cuestionada tanto por potencias emergentes como por movimientos políticos significativos en el propio Occidente.

El Caso de los BRICS en Contexto.

El auge de los BRICS afectará la aplicación de los Principios de París sobre derechos humanos en sus países miembros a través de varios factores clave. Primero, la heterogeneidad del bloque, que incluye potencias con distintos regímenes políticos como China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, implica que la percepción y el compromiso con los estándares internacionales de derechos humanos varíen, dificultando una aplicación uniforme de esos principios. En general, los BRICS tienden a priorizar la soberanía nacional y el respeto a la no injerencia, lo que puede limitar la presión internacional para implementar plenamente estos principios.

Además, el bloque impulsa una agenda geopolítica centrada en un orden internacional más representativo y justo desde su perspectiva, con énfasis en contrarrestar sanciones unilaterales y medidas coercitivas que consideran violatorias del derecho internacional, las cuales también afectan los derechos humanos. Esto podría traducirse en una defensa limitada o condicionada de derechos humanos a nivel internacional, con mayor énfasis en el desarrollo económico y la estabilidad política interna como prioridades.

En este sentido, los BRICS reconocen la importancia de la gobernanza global y el diálogo, pero bajo términos que respeten su autonomía y que a menudo cuestionan los modelos occidentales predominantes en derechos humanos. La ampliación del bloque con nuevos miembros de diverso perfil socioeconómico y político también diversifica sus posiciones y dificulta consensos rígidos en derechos humanos. Aunque promueven el desarrollo sostenible y algunos temas globales como la eliminación de enfermedades socialmente determinadas, la defensa tradicional de derechos políticos y civiles a la manera de los Principios de París pueden vulnerarse o ser interpretados con flexibilidad según intereses nacionales.

Conclusión: Un Marco Normativo en Disputa.

En conclusión, la exigibilidad de los Principios de París enfrenta desafíos sin precedentes desde múltiples frentes. Por un lado, los BRICS presentan un modelo de exigibilidad más dinámica, pragmática y sujeta a las prioridades internas de cada estado, con un menor peso de la presión normativa internacional tradicional y un mayor énfasis en cooperación Sur-Sur y respeto a la soberanía. Por otro lado, los nuevos nacionalismos y conservadurismos en Europa y Estados Unidos cuestionan la legitimidad misma de las agendas progresistas internacionales, rechazando interpretaciones expansivas de derechos humanos que consideran ideológicamente sesgadas.

El auge de BRICS y el fortalecimiento de movimientos conservadores nacionalistas en Occidente presentan un desafío dual para la aplicación universal y exigible de los Principios de París. Ambos fenómenos, aunque ideológicamente divergentes, convergen en un foco reforzado en la autonomía estatal y un cuestionamiento creciente del marco hegemónico construido en los años noventa. Esto no necesariamente implica un repliegue total de los derechos humanos, sino más bien una fragmentación en su interpretación y aplicación, una negociación permanente en términos de diversidad política, cultural y geopolítica contemporánea, y una erosión del consenso que originalmente sostuvo los Principios de París como estándar universal indiscutible. El futuro de estos principios dependerá de la capacidad de las instituciones internacionales para adaptarse a esta nueva realidad multipolar y políticamente fragmentada, reconociendo legítimas preocupaciones sobre soberanía y diversidad cultural sin abandonar el núcleo esencial de protección de la dignidad humana que motivó su creación.

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