Por Brenda González Lugo
El pasado, como herramienta indiscutible de la memoria, es el elemento clave cuando se trata de buscar una verdadera dignificación de las víctimas. Este pasado contempla dos grandes bifurcaciones: La primera, relacionada con las circunstancias políticas, sociales y económicas del escenario que les colocó en dicha posición; y, por otra parte, la dimensión que comprende sus propias individualidades. Sus deseos, anhelos, recuerdos y todo aquello que les permitió dar vida a sus propios nombres.
El pasado, a través de la memoria, es lo que sostiene a los cuatro grandes pilares que asisten a las víctimas y que se visualizan a partir de la Justicia, la Verdad, la Reparación y las Garantías de No Repetición. Es la promesa que guarda el “Nunca más”, que mueve al perdón y que asegura que todas y todos aquellos que conforman la interminable lista de feminicidios, homicidios, desplazados, desaparecidos y más, no sean vistos simplemente como números o estadísticas.
El compromiso de retomar el pasado es la clave para comprender el presente, y es, sin duda, la llave para acceder a la posibilidad de plantear un futuro libre de violencia, con mejores condiciones y en donde el respeto de los Derechos Humanos sea una realidad. En este punto, impera la pregunta: ¿Cómo se construye la memoria? La respuesta es simple: A través de las voces de las víctimas, por medio de un diálogo basado en la escucha activa, la comprensión y la empatía.
No es sino a partir de la recuperación de los testimonios, las experiencias y los sentires de aquellos que han vivido en carne propia la angustia de enfrentarse a una sociedad y a una maquinaria institucional que prefiere ignorar y en la que impera la impunidad, como se puede garantizar la consolidación de una memoria que verdaderamente hable del pasado. No se puede considerar una reconciliación sin la participación activa de las víctimas.
Ignorar lo anterior, nos llevaría al gran vacío que refleja el olvido y que supone desconocer las historias de las víctimas y la necesidad de reparar el daño, más allá de las compensaciones y retribuciones materiales. La característica principal de la memoria es el reconocimiento
Del mismo modo, la memoria permite tejer redes, conexiones entre relatos personales y colectivos, desde el pasado hasta el presente, y del futuro hacia atrás.
Abre la puerta a la identificación de circunstancias, y a la consonancia entre diferentes historias: Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras. (Faciolince, H., 2017)
Al final, la importancia del pasado y la memoria puede resumirse en lo siguiente: Construir los cimientos de una verdadera dignificación de las víctimas. Reconocerles a partir de sus nombres y de sus propias historias. No hay memoria sin relato, ni vindicación sin resignificación.
*Brenda González Lugo es voluntaria en espacios dedicados a la enseñanza clínica del Derecho y el litigio de alto impacto como la Clínica de Acción Legal del Programa Universitario de Derechos Humanos de la UNAM y la Clínica de Litigio Estratégico de la UASLP y fue colaboradora en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos, y actualmente dedicada a la atención de las mujeres, niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia familiar y/o de género en la entidad.
