El mercadito de los derechos

Por Sergio Montoya.

Alexis de Tocqueville en 1835 formuló una predicción aterradora: “La República Americana perdurará hasta el día en que el Congreso descubra que puede sobornar al público con el dinero del público.“ ¿Qué pasaría si en el siglo 21, los Congresos en los países democráticos, descubrieran –o descubrieron- que también pueden sobornar al público con el producto “derechos”?.

Esta idea no es nueva, José Ramón Narváez y Antonio García Amado plantean que el derecho hoy es cosa pública, en cuanto a que hoy día es asunto estatal. El Estado tiene, por tanto, que producir derechos para que el particular los consuma, se recree con ellos, los presuma como quien trae un vehículo o unos tenis nuevos. Los consuma y luego quiera otros nuevos. Una sociedad de personas con la preocupación constante por apropiarse de más y mejores derechos. Negociaciones entre ciudadanía-gobierno (o más bien, grupos/asociaciones-intereses políticos) todos los días en las que sólo hablan de demanda de derechos y pocos compromisos. Una adquisición gradual de derechos, todos y todas consumiendo derechos. Pero un consumo similar al de las bolsas de papas fritas: Llenas de aire, sin contenido sustancial, sin sustento alimenticio. Es decir, derechos sin materialización, sin mecanismos y presupuestos que los hagan reales. Aire nada más.

Imagen. Código espagueti

Reviso la historia, recuerdo las pláticas con mis padres y mi propia vida, y coincido con los autores mencionados: si un día los derechos humanos fueron nuestro combustible vital, el combustible de una ciudadanía activa urgida de limitar al Estado, hoy esos derechos humanos no son más que el alimento ideológico de una ciudadanía pasiva. Si antes estos derechos nos sirvieron para oponernos al poder, para sujetarlo, para limitarlo; en estos tiempos no son más que la moneda que el Poder, los políticos pagan para que les permitamos crecer. ”Nunca tantos derechos tuvieron los que casi nada tienen. Nunca tener derechos sirvió para tan poco. Nunca los que mandan y mejor se benefician hablaron de los derechos tanto ni los sembraron con semejante alegría. Jamás tan altísimas aspiraciones produjeron resultados tan livianos.” (José Ramón Narváez)

Los derechos humanos se han vuelto un adorno retórico. Inundan en los informes y programas de gobierno como justificación y como objetivo último. Sobran en los discursos públicos. Nos gusta sembrar derechos por todos lados esperando que por obra divina esos árboles crezcan y den frutos. Cuando ya no se nos ocurren derechos humanos que reclamar, le creamos nuevos nombres, más apéndices o nuevos matices. Vamos con la brocha, felices pintando de colores-derechos nuestro mundo. Mientras más brillantes mejor.

¿Y si no encontramos ya derechos para nosotros?… ¡pues inventamos-encontramos derechos para todo los que nos rodea!: la naturaleza, los animales (incluso en legislaciones como sujetos de derechos), los mares, los hielos, y como menciona Juan Antonio García Amado: “pronto reclamaremos también derechos para las células, los átomos, para las partículas más pequeñas o los cantos rodados del lecho de los ríos. Así, transido el mundo todo de derechos y poseído por los derechos cuanto existe, el riesgo de revolución se esfuma y la tentación de rebelión se reprime por sí sola.” Porque de algo tienen que vivir también aquellos grupos que con la bandera de derechos presionan al gobierno, y luego obtienen presupuestos para “trabajar” esos derechos, e incluso, obtener puestos públicos en las áreas creadas precisamente para esos derechos “reconocidos” y oficinas desde las cuales callan ya sus antiguas protestas.

Es imperdible transcribir a José Antonio Narváez Hernández:

“[…] esta cultura ha llevado a una especie de voracidad jurídica en donde sólo se demandan ‘derechos’ y no se piensa en el compromiso o la responsabilidad (puntualización que están haciendo ardorosamente los teóricos sociales) esta especie de mercadeo de derechos en la sociedad de consumo llevan a pensar a la gente que, una vez obtenidos ciertos derechos, tendrá la posibilidad de utilizarlos como mejor le parezca y posteriormente podrá acceder a nuevos niveles de derechos conocidos como ‘generaciones’.”

Finalmente, empiezo a imaginarme asistiendo a un acto de campaña política en el que las y los candidatos –o ya electos- al verme pasar, me ofrezcan como en un tianguis o mercadito:

– ¡Pásele güerito, mire, yo le reconozco este derecho!

– ¡Pero primo, no le haga caso a ese, vende podrido! mire, pase conmigo, ¿de qué derecho quiere?, yo se lo consigo.

– ¡Yo le doy dos derechos y un pilón! Pásele conmigo, esos dos nada más le van a prometer. Yo se los doy por escrito y ante notario público.

Despierto y no sé si fue un sueño o recuerdos clarificados. Y usted, ¿ya pasó por el mercadito, ya los escuchó tal vez, en vivo o en medios de comunicación? O bien, ¿ya tocaron a su puerta promotores de los derechos diciéndole cual es el nuevo derecho que hay que exigir?

Como siempre, la mejor respuesta la tiene usted.

sergio.montoya@auladh.com

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